Què és Espadàniques?

dimarts, 26 de desembre de 2017

El músic i excursionista Eduard López-Chavarri pels castells de l'Espadà (1903)

per Òscar Pérez Silvestre
Filòleg, investigador i escriptor


ESPADÀNIQUES vol agrair novament a l'autor la cessió d'un treball inèdit per a este blog.


  



Trobar, gaudir i compartir les impressions dels viatgers que en qualsevol època han visitat els pobles de la serra d'Espadà és un plaer íntim que ens agrada experimentar. En este cas parlem del compositor, escriptor i teòric musical Eduard López-Chavarri (València 1871-1970), que en una col·laboració publicada en el diari Las Provincias el 1903 feia una crònica de dos dies estivals passats en ruta per diversos pobles de la nostra serra (Alfondeguilla, Chóvar, Eslida, Aín i Artana).

Firmada amb el pseudònim Eduardus, esta bella crònica amb un cert aire romàntic no escatima elogis ni tampoc crítiques a l'estat dels pobles, a la manera de viure i a alguns hàbits que devien sorprendre un home de ciutat i cultivat. Per exemple, que les ruïnes dels castells foren reaprofitades per a fer bancals... La ironia aguaita ací i allà. No és estrany això que diem, tal com ens confirma la lectura de la reedició de Proses de viatge, amb un estudi introductori magnífic de Francesc Pérez Moragon (IAM, 1983).

Era setembre, quan els nostres pobles collien garrofes i anous. L'acompanyava l'advocat, polític conservador i escriptor valencià Francisco García de Cáceres Ansaldo (1865-1922), que devia sentir atracció per les fortaleses i escenaris del passat morisc i va ser el promotor de l'excursió. El recorregut, amb parada a Eslida per fer nit, és també gastronòmic en algun punt (oli, orelletes, figues seques...) i ens parla de l'aigua, de l'urbanisme, de l'estat dels camins quan hi havia encara poques carreteres, dels aprofitaments forestals i dels conreus més habituals. La crònica finalitza amb la fascinació sentida pel castell de Castro, una de les fortaleses de la serra més visitades i que causa sempre una profunda impressió en l'ànima. Gaudiu-la!







Veraniegas

Recuerdos de los moriscos.– En las sierras.– Los castillos de la Sierra de Espadán.– Las fuentes.– La vuelta a casa

De las montañas de la Marina de Alicante, pasé al corazón de la sierra de Espadán. Si altos y escarpados eran aquellos sitios, más escarpados y altos son éstos.
Mi buen amigo García de Cáceres quería ver los vestigios de los antiguos pueblos moriscos que por aquí hubiera, sobre todo, en la parte por él no recorrida del Benhalili. En estos lugares fue donde bravamente se defendieron los moriscos contra las últimas persecuciones que hicieron contra ellos los cristianos.
Recordaba mi amigo la carta que la ciudad de Valencia dirigiera al rey D. Carlos I para que le ayudase en la guerra contra dichos moriscos, pues a pesar de los años que transcurrían y del dinero que se gastaba, aquélla no tenía fin.
El deseo de ver el teatro de tales hechos, tan interesantes desde el punto de vista social e histórico, nos movió a emprender la excursión; cedí a la invitación amistosa, y a la Sierra de Espadán nos fuimos.
Confusión extraña de valles y barrancadas; los montes se acumulan unos sobre otros, y forman los desfiladeros a manera de inmensas calles tortuosas. A la entrada de cada una de las encrucijadas de montes, se ve todavía el castillejo levantado por los moriscos para guardar y defender el paso de estos refugios, ya de por sí retirados y poco accesibles.



Por todas partes asaltan los recuerdos de aquella población morisca que habitó y pobló estas sierras. Los mismos moradores actuales parecen ser todavía Hamets y Muleys, y es bien cierto que a la caras de nariz aguileña y ojos negros, a las costumbres de inexorable individualismo, a la vida de aislamiento, que por aquí se notan, cuadran muy bien los nombres de las aldeas perdidas entre profundas gargantas: Alfondeguilla, Eslida, Ahín, Benhalili, etc.
Nada tan pintoresco como estos castillos que aún levantan sus ruinas en lo alto de los montes. Cierto que a veces el desencanto es grande: cuando se lleva arriba inventando materialmente el camino, cuando se está frente a frente con las solitarias piedras, se encuentran las viñas y algarrobos creciendo entre los muros, los cuales sirven para proporcionar las piedras con que el labrador construye los márgenes: aquello que quisieron dejar en pie los soldados de Carlos I, lo han concluido de derribar los cultivadores. Resulta extraño ver plantaciones en sitios tan extraviados, lejos de toda habitación humana.
La impresión de soledad que producen estas altas montañas parece aumentarse al recordar lo pobladas que estuvieron en otro tiempo. Sierras cubiertas de vegetación, feraces, en donde se obtiene el aceite más puro de España, no habían de ser desconocidas de los pueblos agricultores que en la Península existieron. ¡Qué desastre y qué soledad con la expulsión de los moriscos! Donde antes se levantaban cinco o seis pueblos, hoy no queda más que algún arco de conducción de aguas, algún resto de cisterna: nada más. Y cuesta gran trabajo creer (a no constar por documentos indubitables) que allí levantaban sus paredes las poblaciones moriscas.



Actualmente, ni comunicarse pueden entre sí los pocos pueblos que hay. Para salvar leguas y leguas andando entre gargantas profundas y subiendo a collados altísimos, no hay más caminos que los barrancos y surcos formados por las aguas en las laderas. ¡Pereza y miseria de las gentes!
En cambio, el viaje resulta pintoresco y la inesperada aparición de un castillo o del lejano pueblo, resulta de un efecto doblemente encantador.
Alfondeguilla, nuestro punto de partida, es último vestigio de una agrupación de tres pueblos moros: el actual, Castro y Beniçabdón. Gran cosecha de higos secos; montañas cubiertas, en grandes extensiones, por alcornoques mucho más útiles a la patria que los de carne y hueso usados en la capital. En Alfondeguilla se da el caso extraordinario de comer naranjas frescas y muy dulces a la mitad del mes de setiembre.
De Alfondeguilla pasamos a Chóvar, rincón apartado, en donde algunos animosos ciudadanos quisieron fundar la república hace pocos años. No pasaron de Segorbe. Chóvar es villa de progreso: entierros civiles, matrimonios civiles y guerras civiles... dentro de casa. Cura poco ocupado. El día que llegamos iban a celebrase toros en la plaza: a ellos no asistían más que los amigos del alcalde de turno. El castillo está totalmente arruinado.
Dos horas y media de marcha necesítanse para llegar a Eslida, pueblo pintoresco, con casas que suben atropellándose hasta el castillo, calvario en zig-zag, blanqueado, como de nieve. Nos ofrecen amable hospitalidad Rafael Sorribes (Sisto) y su esposa. Esta última tiene manos de plata para hacer orelletes con aceite de la sierra y miel olorosa de romero, cosechada aquí. Lector, si la suerte te depara llegar a Eslida, haz que te presenten orelletes a estilo del país.



De Eslida a Ahín no hay más camino que el barranco. Ahín es la aldea más morisca que puede verse. Calles estrechas y empinadas, arcos en las puertas; hay un horno, cuyo interior, con sus grandes arcos apuntados y sus piedras grises, recuerda el Almudín de Valencia.
A media hora de marcha está la montaña en cuya cumbre se levanta el castillo de Benhalili, nombre de uno de los poblados moros desaparecidos. Todavía se ven los murallones en pie y la arruinada torre del homenaje, cilíndrica, contra lo usual en estas construcciones. La atalaya que cerca se levanta es airosa. Cuando llegamos a la cumbre, nos quedamos algo desconcertados, porque hasta el interior de la cisterna está plantado de viña. ¿Quién tendrá humor de ir hasta allí a recoger la uva?
Al pie del monte que sostiene el castillo nace un gran manantial de agua fresca y cristalina, verdadera riqueza, que no puede utilizarse más que mal y por poca gente. ¡Pensar que en Valencia no sirve el agua ni para lavarse, y que aquí fuentes riquísimas sólo sirven para mover molinos!
Deshacemos el camino hasta Eslida, y parecemos los personajes de los cuentos de niños: «anda que andarás». En el camino encontramos la fuente de San José (a la que dedican fiestas en Eslida) y nos proporciona la voluptuosa sensación que sólo los caminantes pueden disfrutar.
Luego, a la ermita de Santa Cristina, rodeada de grandes cipreses, y en donde hay un nacimiento de aguas original. Figuraos un pequeño teatro romano, con su frontis, sus gradas, y en vez de orquesta un abundante manantial de agua fresca y purísima; paredes, gradas, muros, ermita, todo está blanqueado, y el conjunto es una impresión de frescura y alegría que no se olvida.



Si algún excursionista lee estas líneas y quiere visitar el ermitorio en cuestión (como se ve, han de reunirse bastantes casualidades), tenga en cuenta que el colono o ermitaño, que allí vive con su familia, puede disponer todo lo necesario para comer bien; pero no se fíe el caminante de un fementido ventorrillo que hay allí cerca, en donde, además de un señor de muy mal genio que vive solo con un arca de Noé, gatos y perros a docenas, y verderones, y mirlos, y conejos y gallinas... ¡qué sé yo!, se encontrará con que para hacer una tortilla y longanizas fritas, le preguntarán si éstas se mezclan con la tortilla; y, amén de otros accidentes por el estilo y de comerse un guisote inverosímil, tendrá que pagar ganas y todo.



El ventorrillo a què fa referència Eduardus...


De Santa Cristina a Artana sigue el barranco ensanchándose. El castillo de Artana tiene en pie más trozos que los otros, pero no se ha librado de la invasión del cultivo; aquí son algarrobos.
Nuevamente hay que ir a perderse entre angostos valles para subir un alto collado después; la vista se despide de los valles de Artana, y al ocultarse el castillo de este pueblo aparece la fortificación de Castro, una de las más hermosamente situadas, y cuya silueta aún se levanta amenazando al que ose invadir el desfiladero. Esta fortaleza es antiquísima: su nombre romano, así como algunos indicios que por aquí se encuentran, permiten suponer su primitiva construcción. Es acaso la más inaccesible, y fue el último refugio de los moriscos rebeldes. Cuenta la tradición que, cercados por las tropas imperiales, los sitiados se dieron la muerte y se despeñaron por la altísima cortadura.


Descendimos por nuevas vertientes al lecho de otros barrancos; nuevas aguas apagan la sed, y al fin, después de dos días de incesante marcha, rendidos por tantas distancias y alturas salvadas, llegamos al caer la tarde al punto de partida.
Con nosotros entran en la aldea los que vuelven del trabajo: hombres sepultados bajo un enorme montón de leña; diríase que es maleza que anda sola; y otros, hombres y niños y mujeres, vuelven de batir los algarrobos y los nogales. Sobre las moles tranquilas de la montaña, que parecen descansar siempre, se destaca el humo azul del hogar que llama amorosamente al fatigado caminante.
Voces alegres, ojos que hablan y bocas que sonríen: estamos en casa.

Eduardus (Eduard López-Chávarri Marco)

Las Provincias, 23 de setembre de 1903


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