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dimecres, 23 de novembre de 2022

La cabaña del castillo de Castro

per Estanislao Lengua (text i fotografies)

Escriptor i excursionista
@estanislengua

ESPADÀNIQUES vol agrair a l'autor este text sobre un espai que és més que un lloc: el castell de Castro



Hace ya algunos años, durante una de mis correrías por la montaña, me encontré con una extraña sorpresa. Iba solo y mi objetivo era ascender al castillo de Castro en Alfondeguilla. No es que sea esa una ascensión difícil, pero sí emblemática y de gran belleza. Salí por la mañana, temprano. Conocía el camino por haberlo realizado en numerosas ocasiones, así que, corriendo algunos tramos y otros andando, llegué al castillo. No encontré a nadie por el camino, pues en esos años pocos eran los que pululaban por las montañas. 
    Al llegar a la cima del monte, junto a la antigua fortaleza, contemplé una estampa que, a día de hoy, al recordarla, aún me sorprende. Una enorme construcción de madera se había levantado en lo más alto. Una estructura similar a un tipi de los utilizados por los indios se erigía en el lugar. Enormes troncos dispuestos como las típicas tiendas de los nativos americanos rascaban el cielo. ¿Qué puede ser esto?, me pregunté. ¿Quién ha podido construir tamaña estructura? ¿Para qué? Los pinos más cercanos estaban más abajo en una empinada ladera, y acarrearlos hasta el lugar me parecía un trabajo titánico para un buen grupo de gente.
    Escudriñé toda la zona sin encontrar respuesta. «¡Ojalá me encontrase con quien haya construido esto! ¡Así podría satisfacer mi curiosidad!».
    Permanecí allí bastante tiempo cavilando sobre la enigmática cabaña, hasta que al final comprendí que ningún indio acudiría a informarme y regresé a casa.
    Sin embargo, quizás con la esperanza de encontrar alguna respuesta, pronto regresé. Esta vez me encontré la cabaña cubierta de ramas y yerbas secas. Tampoco encontré a nadie a quien preguntar. Entré en la cabaña, la rodeé fisgoneando, buscando información, pero ninguna pista ayudó a resolver el misterio. Pasaron varios meses hasta que, de nuevo, volví a ascender a la cima. Encontré con gran pesar, los restos carbonizados de la cabaña. Una gran fogata había acabado con la construcción. Por suerte, el fuego no se propagó al monte. No sabía qué era lo que había sucedido. Desconocía el porqué de su aparición, para qué se usaba, con qué propósito se construyó, quién o quiénes la levantaron. Lo que era obvio es que había sido realizada una gran obra con un efímero resultado, pues no había durado mucho. El tiempo pasó y me olvidé por completo del suceso. Casi cuarenta años después obtuve respuestas a mis preguntas.
    Era cerca del mediodía, había subido al castillo y almorcé contemplando las espectaculares vistas. Regresaba ya hacia casa cuando a lo lejos vi a una persona con una especie de cayado que avanzaba poco a poco por la senda. Cuando llegué a su altura, estaba el señor recostado contra una roca descansando. Le pregunté si se encontraba bien y me dijo que sí, que había parado a descansar. Entablamos una agradable conversación, pues al ser conocedor de las montañas de la zona y amante de la naturaleza, pronto encontramos temática común para charlar. Me percaté de que, aunque ahora no estaba en sus mejores años, cuando lo estuvo, el monte formaba parte importante de su vida. Después de una agradable conversación nos despedimos y cada uno siguió su camino. 
    Pasado un tiempo, el magnetismo de la montaña actuó y decidí volver a subir. Cuál sería mi sorpresa cuando, al transitar por una calle de la cercana población, me encontré con Jordi, el señor que hacía tiempo me había cruzado en la senda de acceso al castillo. En realidad, su nombre es Juan Landete Jiménez, aunque todos lo conocen como Jordi. Nos saludamos cordialmente y me preguntó a dónde iba. Cuando le informé de que me dirigía a Castro, contestó.
    —Hace ya mucho que no subo por allí. ¡Con las veces que he subido! ¡Hasta una cabaña me construí!
    Al oír eso, un escalofrió recorrió mi cuerpo. De repente, mi mente me trasladó muchos años atrás, hasta la cima, junto a la cabaña. 

— ¿Una cabaña? ¿En la cima? ¿Una cabaña redonda?
—Sí, en la parte más alta la construí.
— ¿Una como la de los indios?
—Sí.
— Pero ¡¿qué me estás diciendo?! ¡Tú sabes que yo vi esa cabaña cuando era joven! ¿Sabes que a todos los que les pregunté sobre eso, nadie supo decirme nada? Pensaba que lo había soñado o que eran imaginaciones mías. 
Una agradable emoción me embargó y continuamos charlando durante un buen rato. Quedamos en vernos de nuevo y en una de esas ocasiones en la que nos encontramos salió a relucir la cabaña. En esa ocasión me facilitó hasta los datos técnicos de su construcción y unas fotos. 
— En el Collado Boix preparaba los pinos para subirlos. Los recogía por los alrededores y allí les cortaba todas las ramas hasta dejar solo el tronco. Después los subía hasta la cima.
— ¡¿Tú solo?!
— Con la ayuda de mi hombro.
—¡Pero eso es una barbaridad!
— Veinticinco troncos subí. 
    El Collado Boix se encuentra cerca de la cima en donde, todavía hoy en día, están las ruinas del castillo. Si bien no hay que recorrer mucha distancia entre un punto y otro –unos trescientos metros– la estrechez de la senda y la pendiente a salvar es importante –alrededor de cincuenta metros de desnivel–, máxime cargado con el tronco de un pino a la espalda. Quien conoce la zona entenderá mi asombro ante tal proeza. 
    — Utilicé tres aros de hierro para unir los troncos. El de la base medía algo más de tres metros de diámetro; el de lo alto era más pequeño, pues allí se unían todos los maderos alrededor de un gran tronco o pilar central. Excavaba un agujero de unos veinticinco centímetros de hondo en el suelo y así quedaban los troncos fijados. Después lo cubrí todo con un plástico y con ramaje; mi hermano me ayudó. Dentro se podía estar de pie en el centro, y con el brazo levantado no se llegaba al techo. Mediría más de dos metros de alto.
    — Pero, ¿para qué construiste una cabaña allí?
    — Para pasar los fines de semana. Viernes, sábados, y ya el domingo me bajaba.
    No sabía qué decir ni qué preguntarle; sin embargo, como a él le gusta hablar, empezó a contarme peripecias de esos días.

— Un día, cuando subí, me encontré la nota que un mando de la COE (Compañía de Operaciones Especiales) me había dejado. Los militares habían estado realizando maniobras por la zona y el jefe durmió allí. Me daba la enhorabuena por tan magnífica construcción y me invitaba a contactar con él. Era de Elche. 
En esas fechas todavía se encontraban por doquier cascos, bayonetas, granadas y muchas cosas de la Guerra Civil. 
Siguió contándome sus vivencias mientras yo pensaba, asombrado, en la casualidad que había propiciado que, después de casi cuarenta años, por fin conociese a quien había construido la cabaña que tanto me llamó la atención en mi juventud. Desconozco si alguien más sería testigo de esa construcción, pues en esos años la montaña no estaba muy transitada. 
—¿Qué pasó con la cabaña?
— Alguien la quemó y tiró por el precipicio los aros metálicos y todo…



Ese todo, acompañado del silencio, me contó mucho… mucho más de lo hablado. Todo lo que, estoy seguro, quien comulga con la montaña, con la naturaleza, entenderá, sin más explicación.



1 comentari:

Moltes gràcies pel teu comentari. Entre tots i totes hem de treballar per fer un territori millor.